PALOMA VALENCIA : no es de derecha, ni es víctima, o eso dice.
- Camila Peña
- 7 ago
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Actualizado: 10 ago

Escuché la entrevista de Paloma Valencia en “A Fondo”, el podcast de María Jimena Duzán, cuya conversación se da en el contexto de las recientes distancias del partido Centro Democrático con el presidente electo Abelardo de la Espriella. Concretamente por unas declaraciones hechas por la excandidata presidencial, que le sirvieron para haber sido graduada de “confundida ideológica”, así como para ser atacada por su propio sector político, al afirmar “no ser de derecha, sino ser uribista”, y enunciar su lugar político desde la defensa de las banderas del Uribismo.
En la conversación con Maria Jimena Duzan varias de las afirmaciones y posturas de la ex candidata me parecieron merecedoras de otra reflexión. Paloma Valencia, más allá de las diferencias o cercanías políticas que pueda despertar, es una mujer interesante cuya voz es importante que se mantenga vigente en la política nacional.
Paloma Valencia no es derecha , o eso dice.
Paloma dice y reitera que no es derecha, no solo porque le parece abstracta la etiqueta, sino porque es consciente de que hoy las derechas del mundo se han radicalizado, y ella está evitando ser identificada con estas posturas -neofascistas- y asumir en el futuro el costo político que esto puede tener. Por eso afirma que en su partido político son seguidores del expresidente Alvaro Uribe Vélez y no de Hayek, el economista de la escuela austriaca que defendía el libre mercado y se oponía al intervencionismo estatal promovido por el economista Jhon Maynard Keynes. Para Paloma el estado si debe intervenir en la economía a través de programas sociales.
Retomando su distancia de la etiqueta, parece que le resulta estratégico defender su identidad política desde un lugar que ella y muchas personas consideran que ha dado resultados -el Uribismo- y no desde uno que hoy amenaza el tejido social y la vida en el planeta -el tecno fascismo de Trump y sus seguidores.
Paloma quiere estar protegida al abrigo de la autoridad que tenía Álvaro Uribe en la Colombia de los años 2000, y no asumir que la diferencia entre la derecha de hoy a la que se rehúsa quedar inscrita, y la derecha de la que quizás se siente nostálgica, es una diferencia de condiciones, medios y métodos, no de ideas, propuestas valores o principios. Probablemente le cuesta aceptar que la violencia actual y los discursos de odio, de los que ella misma ha sido víctima, son una respuesta casi que natural y esperable del mismo sistema ante la crisis producida por las contradicciones del modelo neoliberal que ella ha sostenido, y cuyo fracaso le es difícil reconocer.
Ella parece sorprendida porque hay varios miembros del equipo de gobierno de Abelardo de la Espriella que han sido cercanos a Gustavo Petro y detractores en el pasado de Álvaro Uribe Vélez. Es este ir y venir de políticos de un espectro a otro en la historia reciente de la política colombiana, lo que justifica su afirmación sobre “decirse de derecha hoy no quiere decir nada”.
La discusión sobre que es de derecha y que es de izquierda, no solo no es nueva, sino que ha sido objeto de desarrollos teóricos y de reflexión en la filosofía política. Como señaló Norberto Bobbio, situarse en una u otra orilla permite identificar el contraste fundamental que divide el mundo del pensamiento y la acción política en un momento histórico concreto. El politólogo italiano también indicó que el criterio más útil para diferenciar entre derecha e izquierda es la actitud frente al ideal de la igualdad y su diada, la libertad. Así, para determinar qué tan de derechas o de izquierdas se es, bastaría con identificar las respuestas a las siguientes preguntas clave: ¿libertad para qué? ¿igualdad entre quiénes?, ¿en qué aspectos?, y ¿basándose en qué criterio? .
En Colombia y en la mayoría de democracias occidentales, los partidos políticos tradicionales hace mucho tiempo dejaron de darle respuesta a esas preguntas, y se convirtieron en simples aparatos electorales que se disputan el poder y forman alianzas buscando proteger el interés empresarial de una élite minoritaria. Por eso es normal que Paloma no entienda que quiere decir ser de derecha, porque su sector político ha pertenecido a esta tradición política, y no ha construido un proyecto más allá de la figura de Álvaro Uribe y sus ideas. De ahí la única – y estratégica- salida que le queda, denominarse “Uribista”
Paloma es víctima del machismo pero tampoco quiere esa etiqueta
Paloma cuenta que en el marco de la campaña política a la presidencia fue víctima de ataques por parte de la propia derecha de Abelardo de la Espriella. Narró como campañas basadas en mentiras la acusaron de ser defensora de la “ideología de género”, y como la homofobia contra su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, y el machismo, fueron el arma utilizada contra sus aspiraciones presidenciales.
En su tono se le escucha perpleja ante la ironía. Dice que esta nueva derecha colombiana que busca excluirla a ella y al partido al que pertenece, utiliza herramientas e ideas que ella misma y su sector político promovieron. Un ejemplo de ello, es la contra agenda que movilizó el voto por el No en el plebiscito que buscaba refrendar del acuerdo de paz de 2016, la cual utilizó justamente como bandera la supuesta amenaza de la “ideología de género”.
Se suma a esta cadena de hechos, el que Paloma no haya sido invitada por Abelardo de la Espriella a la posesión presidencial, a pesar de haberlo respaldado en la segunda vuelta. La deja por fuera de la misma manera que lo hace con el expresidente y Nobel de la Paz, Juan Manuel Santos y al expresidente Ernesto Samper. Ella misma cuenta en la entrevista que nunca ha hablado con él, y que cuando manifestó su adhesión, él se limitó a contestarle por mensaje “muchas gracias Paloma” . En contraste, el expresidente Álvaro Uribe Vélez si fue invitado.
El símbolo no es un detalle menor, y si algo ha sabido utilizar el presidente entrante son los símbolos. No se trata solo una decisión personal sobre una fiesta privada, sino de un acto político en el que se reconoce su autoridad ante los poderes civiles e institucionales, nacionales e internacionales. Con esta decisión, Abelardo de la Espriella, parece no querer reconocer a Paloma Valencia como figura líder del Centro Democrático y aislarla del ejercicio de poder. Primero la saca de la contienda por la candidatura de derecha haciendo uso de una campaña de desprestigio que apeló a la homofobia, según ella narra, y luego la excluye del acto público de posesión a pesar de que ella lo respaldó. Lo que invita a preguntarse si no hay en ello una expresión de machismo, e incluso violencia política de género, que ha estado presente desde la misma campaña de Abelardo de la Espriella en su forma de hacer política y en su visión y relación con las mujeres.
Sin embargo, Paloma Valencia dice no sentirse víctima; al menos, no le gusta ser catalogada de esta manera. Reitera que “tiene cuero duro” y que si algo sabe hacer es levantarse cuando se cae. Añade que la política es “un juego sin árbitros y que quien no sabe jugar, pierde.” No reconocerse como víctima, más allá de hacerla alguien fuerte, que indudablemente lo es, sin ánimo de imponer una interpretación de su experiencia, podría ser también un mecanismo para no sentirse ni verse débil ni derrotada, o una reacción producto de la normalización de la violencia que ella y muchas mujeres sufren en la cotidianidad política.
Hay algo especial en su forma de expresarse que tiene que ver con su estilo político. Me hace pensar en las mujeres de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, quienes debían vestirse como hombres o ponerse seudónimos masculinos para que sus obras fueran valoradas.
Paloma Valencia es la representación de una mujer que ha tenido que configurarse dentro de un sistema cuyas normas, usos y valores fueron diseñados históricamente por y para hombres. Su ingreso a la política se ha dado bajo la presión de demostrar que puede ser igual de convincente, competente y “apta” que sus colegas varones, ante un electorado y una opinión pública que evalúan sus capacidades bajo una vara masculinizada.
En este escenario, seguramente ha tenido que adaptarse a prácticas, discursos y estilos de liderazgo que han sido moldeados por lógicas patriarcales a las que, no solo se ha ajusta sino que ha aceptado y defiende, a pesar de que eso le haya costado electoralmente en la reciente contienda. Ha sido excluida, por no decir traicionada, a pesar de haberse esforzado construyendo un estilo que le permitiera no quedar relegada a los roles y estereotipos de género tradicionales. Sin embargo, en una de sus más fascinantes contradicciones, defiende esos mismos valores que la marginan cuando se posiciona del lado "de la familia tradicional”.
Paloma Valencia, al elegir alinearse con el bando que considera ganador, termina defendiendo al patriarca y jugando, utilizando su propia analogía, en el campo del mismo orden patriarcal que la margina. Para reivindicar su lugar, y levantarse como ella dice, es probable que siga usando las herramientas que la llevaron a ocupar el liderazgo que hoy tiene. Y eso me genera la siguiente pregunta: ¿Su apuesta puede ser una forma de resistencia posible dentro de un juego que no diseñó, o solo está reproduciendo las lógicas de exclusión que ella misma ha padecido ? La paradoja es que, al jugar con las reglas de ese orden, podría estar repitiendo el ciclo de injusticias en el que han participado sus antepasados. Y quizás solo podrá liberarse de él el día que reconozca esas herencias y decida enfrentarlas, en lugar de ignorarlas.




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