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CON LA MERITOCRACIA SE LIMPIAN EL CULO Y NOS DICEN QUE HUELE A FLORES

  • Foto del escritor: Camila Peña
    Camila Peña
  • 12 dic 2024
  • 7 min de lectura

Actualizado: 9 feb 2025



Tomada de internet
Tomada de internet

En este momento me impulsa a escribir aquello que podría denominarse «digna rabia». Como si hubiera descubierto luego de años de estudio y vivencias, que todo este tiempo he participado de la construcción de una mentira social que solo ha servido para alimentar un sistema que necesita de la explotación de unos sobre otros y de todas las formas de vida que conocemos.


Estudié derecho en la universidad pública, luego hice dos especializaciones, una en gerencia tributaria y otra en derecho de los negocios, ello convencida de que quería convertirme en una gran estratega al servicio del sector privado. Apasionada desde niña por los temas políticos, e involucrada profesionalmente en el sector público, me di cuenta de que quería dedicarme a la estrategia política. Inicié un master en análisis de problemas políticos, económicos e internacionales que encendió todas mis pasiones, y la más importante de ellas: la idea de estudiar en Francia. Apliqué a un año de intercambio, y sin saber cómo ni en qué momento, hice un master en ciencias sociales, cooperación y desarrollo en una de las universidades públicas más prestigiosas de Francia y del mundo.   


Animada por el deseo de quedarme en Francia, empecé a buscar trabajo. Debía encontrar un empleo relacionado con el diploma que había logrado en Francia, porque ese era el requisito de la visa. Honestamente, tenía pocas esperanzas de lograrlo; ¿un trabajo en “cooperación y desarrollo para américa latina” ?, lo veía lejos de mis posibilidades. Pero una vez más, sin saber cómo ni en qué momento, tuve la posibilidad de empezar a trabajar para la Agencia Francesa de Desarrollo como jurista (no abogada): el trabajo de mis sueños.

Entre conversaciones, cafés y almuerzos, me he encontrado con decenas de historias. Pero entre esas historias está la mía, que al final es la nuestra; la de una mujer latinoamericana, que, como miles, ha trabajado para pagar sus estudios, y ha estudiado para trabajar al servicio de otros.


Inicié este escrito relatando mi experiencia académica y profesional, porque siempre he encontrado injusto que se celebren los logros como una posesión personal sustraída del lugar de privilegios en donde se gestan. Desde esta construcción propia he podido corroborar que el “mérito” no existe. No porque cada uno de nosotros y nosotras carezca de responsabilidades frente a sí mismo (tema para otra conversación que no es la que quiero proponer acá), sino porque política y socialmente el “mérito” busca homogeneizar las vivencias para estandarizar la noción de éxito, para que así todos persigamos una situación ideal que, 1) no existe y, 2) sostiene el lugar de privilegio del 1% de la población del mundo.


Enfrentada a “competir” en el mundo profesional con personas nacidas en países que han construido su riqueza explotando a otros, y, por tanto, beneficiadas de sistemas educativos sólidos que les permiten insertarse en el mundo laboral desde muy jóvenes, y poder seguir estudiando sin tener la necesidad de hacerse la misma pregunta, por, “¿cómo voy a pagar el semestre?”, me di cuenta de que el lugar en donde había nacido, la lengua que había aprendido, la educación que había recibido, mi familia y entre otros, son elementos de mi experiencia vital que no elegí pero que han determinado otras de mis elecciones: estudiar derecho, querer hacer política, ser feminista, migrar a Francia etc… En palabras de Marx "El hombre piensa de acuerdo a sus condiciones materiales de existencia".


¿Qué es el mérito? ¿Qué significa “merecerse algo”? Según nuestro sistema de creencias, es haber trabajado lo “suficiente” para obtenerlo. Pero, ¿acaso la persona que tiene derecho al subsidio de desempleo en Europa, ha trabajado “más” que una persona que, en las mismas condiciones, no puede acceder a tal prerrogativa porque nació y vive en un país saqueado por la violencia, la explotación y la corrupción?  ¿cuál es el mérito, la nacionalidad? Como precisó el filósofo Byung-Chul Han: “Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del Burn-out.” La meritocracia, como otras tantas ideas del capitalismo, nos distrae y divide, y pone en lo individual una responsabilidad que es colectiva.


Ver a mis colegas europeos cuyo esfuerzo no ha sido el mismo que el de mis colegas colombianos, porque el entorno a unos y otros les ha exigido de forma diferente, pero que los primeros tienen mejor calidad de vida que los segundos, aunque en todo lado se sufre la injusticia propia de sus sistemas políticos y económicos derivada del capitalismo, o pensar en las mujeres que hacen política o ciencia pero cuyas voces son menos escuchadas frente a las de los hombres, me hizo pensar que estandarizar el éxito es tiránico y escandaloso, y que, en esa construcción personal del esfuerzo hay una apuesta política en la decisión de contribuir a una sociedad en donde todas y todos tengamos las mismas posibilidades para elegir desde nuestras subjetividades, todas válidas y dignas de ser desarrolladas en tanto no trasgredan al otro.


Como enunció el Ejército Zapatista de Liberación Nacional «Es necesario hacer un mundo nuevo. Un mundo donde quepan muchos mundos, donde quepan todos los mundos.»   

 

Dedicado a mi “Ecureuil d’amour”, quien escribe esto conmigo desde el día en que me dijo “il faut deconstruir la notion de réussite” y con quien, una vez más sin saber cómo ni en qué momento, estamos construyendo un mundo para que quepan otros mundos.


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Version en français :


Avec la méritocratie, ils s’essuient les fesses et nous disent que ça sent la rose.


En ce moment précis, je ressens l’élan d’écrire sous ce qu’on pourrait appeler une rage digne. Comme si, après des années d’études et d’expériences, je découvrais que tout ce temps, j’ai participé à la construction d’un mensonge social, conçu uniquement pour nourrir un système fondé sur l’exploitation des uns par les autres, ainsi que de toutes les formes de vie que nous connaissons.


J’ai étudié le droit dans une université publique, puis j’ai suivi deux spécialisations : l’une en gestion fiscale et l’autre en droit des affaires. Je croyais fermement vouloir devenir une grande stratège au service du secteur privé. Passionnée depuis mon enfance par les questions politiques et déjà engagée professionnellement dans le secteur public, je me suis vite aperçue que mon véritable intérêt se portait sur la stratégie politique. J’ai entamé un master en analyse des problèmes politiques, économiques et internationaux qui a éveillé toutes mes passions, notamment la plus intense d’entre elles : celle d’étudier en France.


J’ai postulé pour un échange d’un an, et sans vraiment savoir comment ni à quel moment, je me suis retrouvée à poursuivre un master en sciences sociales, coopération et développement dans l’une des universités publiques les plus prestigieuses de France et du monde.


Poussée par l’envie de rester en France, j’ai commencé à chercher un emploi. Il me fallait trouver un poste en adéquation avec le diplôme que j’avais obtenu en France, condition essentielle pour mon visa. Honnêtement, mes chances me semblaient minces. Un travail dans le domaine de la « coopération et du développement pour l’Amérique latine » ? Cela me paraissait hors de portée. Mais une fois encore, sans savoir comment ni à quel moment, j’ai eu la chance d’intégrer l’Agence Française de Développement en tant que juriste (et non avocate) : un véritable "rêve" devenu réalité.


Au fil des conversations, des cafés et des repas, j’ai découvert des dizaines d’histoires. Mais parmi ces récits, il y a le mien, qui est finalement aussi le nôtre : celui d’une femme latino-américaine qui, comme des milliers d’autres, a travaillé pour financer ses études, et étudié pour travailler au service des autres.


Je commence ce texte en relatant mon parcours académique et professionnel, car j’ai toujours trouvé injuste que l’on célèbre les réussites comme des possessions individuelles, sans tenir compte des privilèges qui les sous-tendent. À travers ma propre expérience, j’ai pu confirmer que le mérite n’existe pas. Non pas parce que nous serions dépourvus de responsabilité individuelle envers nous-mêmes (un sujet pour une autre discussion), mais parce que politiquement et socialement, le concept de mérite vise à homogénéiser les expériences et à standardiser la notion de reussite. Ainsi, chacun poursuit une situation idéale qui, premièrement, n’existe pas, et deuxièmement, maintient les privilèges du 1 % de la population mondiale.


Confrontée à la concurrence dans le monde professionnel avec des personnes issues de pays ayant construit leur richesse en exploitant les autres, bénéficiant ainsi de systèmes éducatifs solides leur permettant d’intégrer tôt le marché du travail, tout en continuant à étudier sans se poser la question « comment vais-je payer mon semestre ? », j’ai compris que mon lieu de naissance, la langue que j’ai apprise, l’éducation que j’ai reçue, ma famille, entre autres, sont des éléments de mon expérience de vie que je n’ai pas choisis, mais qui ont déterminé d’autres de mes choix : étudier le droit, vouloir faire de la politique, devenir féministe, migrer en France, etc.


Qu’est-ce que le mérite ? Que signifie « mériter quelque chose » ? Selon notre système de croyances, c’est avoir suffisamment travaillé pour l’obtenir. Mais la personne qui, en Europe, a droit au chômage a-t-elle davantage travaillé qu’une autre qui, dans les mêmes conditions, n’y a pas accès parce qu’elle est née dans un pays ravagé par la violence, l’exploitation et la corruption ? Quel est le mérite ici, la nationalité ? Comme le souligne le philosophe Byung-Chul Han : « Aujourd’hui, chacun s’exploite lui-même en se figurant qu’il se réalise ; c’est la logique perverse du néolibéralisme, qui culmine dans le syndrome du burn-out. »


La méritocratie, comme tant d’autres idées nées au sein du capitalisme, nous distrait et nous divise, plaçant une responsabilité individuelle sur des enjeux qui sont collectifs.

Observer mes collègues européens, dont les efforts n’ont pas été les mêmes que ceux de mes collègues colombiens en raison des exigences différentes de leurs environnements respectifs, mais qui jouissent néanmoins d’une meilleure qualité de vie, ou encore réfléchir aux femmes qui font de la politique ou de la science mais dont les voix sont moins entendues que celles des hommes, m’a fait comprendre que standardiser la réussite est tyrannique et scandaleux. Dans cette construction personnelle de l’effort, il y a une prise de position politique : celle de contribuer à une société où chacun dispose des mêmes opportunités pour choisir, à partir de sa propre subjectivité, un chemin qui soit valide et digne d’être exploré, tant qu’il ne transgresse pas celui des autres.


Comme l’a si bien énoncé l’Armée Zapatiste de Libération Nationale :« Il est nécessaire de créer un monde nouveau. Un monde où tous les mondes puissent exister. »


Dédié à mon Écureuil d’amour, qui écrit avec moi depuis le jour où il m’a dit : « Il faut déconstruire la notion de réussite. » Et avec qui, une fois encore, sans savoir comment ni à quel moment, nous construisons un monde où d’autres mondes peuvent trouver leur place.



 
 
 

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