El Rol de la primera dama: cuando lo personal es político
- Camila Peña
- 16 dic 2023
- 4 min de lectura

Verónica Alcocer, la esposa del presidente Gustavo Petro, se ha mostrado como fiel símbolo de la nueva dinámica de la casa de Nariño. Es una mujer irreverente, al parecer poco interesada en ser recatada, no tiene la elegancia de Tutina, ni guarda silencio como María Juliana Ruiz o Lina Moreno.
No obstante, y aunque resulten odiosas las comparaciones, la figura de Verónica Alcocer merece especial atención en lo que al rol de la “primera dama” de un país respecta. En escasos 7 meses, ha logrado incomodar a la clase política y a la opinión pública. No han titubeado en preguntar “¿quién es el que manda en la casa?”, lo cual es un llamado de atención más bien orientado a decirle al Presidente que "debe poner a su mujer en el lugar que le corresponde", porque el de la toma de decisiones no es, o por favor, que no sea así de evidente.
Ahora, sin que sea el objetivo de este escrito hacer una defensa de Verónica Alcocer, el rol que representa despierta otro tipo de preguntas. ¿Cuál es la real molestia con la injerencia de la “primera dama” en la toma de decisiones?
Para ello es necesario primero entender cuál es su papel y limitaciones legales en ese concierto de decisiones del poder ejecutivo en cabeza del presidente. La primera dama, es, en pocas palabras, la primera esposa. La esposa más importante del país, y, por tanto, debe ser un ejemplo para todas las mujeres-esposas del territorio. Mientras su esposo gobierna, la primera dama debe apoyarlo y opinar con voz dulce y bajita, no se le puede escuchar hablando más fuerte que su esposo. Por lo tanto, debe ser prudente, discreta, no como Verónica, que anda bailando en las calles de Barranquilla. Su rol es ser acompañante en actos de diplomacia y protocolo, su ejercicio activo es en obras de caridad y asistencia social, no en opinar sobre como dirigir el país, aunque ellas mismas sean ciudadanas.
Su papel es muy importante para la imagen del presidente. Un presidente sin esposa es un presidente sin poder, porque la mujer, históricamente cosificada, ha socializado como objeto de intercambio y de valor.
No obstante, con la aparición en la historia de cada vez más mujeres en el ejercicio de derechos políticos, se hizo necesario a su vez darle otro matiz discursivo a la figura de la primera dama, de tal manera que pudiera ser electoralmente funcional. Hoy por hoy las esposas no están atrás, sino al lado, bien sentadas y en silencio, pero de la mano de su esposo. De esta manera, el rol de la esposa del presidente se adecúa a las necesidades del momento histórico en el que ese hombre ejerce el poder. Si en algunos años necesita otro tipo de mujer para legitimarse, a la orden del día estará la agenda de las mujeres dispuesta a modularse para concedérselo. Pero no tiene permitido la primera dama romper con las expectativas que sobre ella pesan; que se muestre empoderada pero no con más poder que su esposo, debe procurar ser funcional a ese ejercicio del poder porque no dudara la prensa en criticar su peinado, su forma de vestirse o de moverse. Tampoco puede andar en Oslo o Londres con hombres distintos a su esposo en actos de diplomacia y protocolo, aunque sea de las pocas atribuciones legales que tiene.
Ahora bien, añadiendo elementos jurídicos a la discusión propuesta, debe precisarse que la figura de la primera dama no tiene la naturaleza de un cargo público, tampoco recibe un salario ni honorarios. Cuenta con un esquema de seguridad y gastos de viáticos. Y, muy en sintonía con el mandato patriarcal la Corte Constitucional Colombiana dejó claro que:
Finalmente, debe la Corporación señalar que las anteriores consideraciones no son óbice para que la primera dama de la Nación pueda continuar cumpliendo todas aquellas actividades que normalmente le corresponde en su calidad de cónyuge del Presidente de la República, como son las de colaborar con él en el desempeño de tareas protocolarias, o tener iniciativa en materia de asistencia social, en labores de beneficencia pública, o en actividades análogas, tal como ha sido, por lo demás, una noble tradición en Colombia desde hace largos años, sin que para ello hubiera sido necesario crear una dependencia de orden administrativo, con todo lo que ello implica en cuanto a recursos financieros, materiales y humanos dentro de la Presidencia de la República.” (Subrayas fuera del texto).
Por tanto, en términos legales y de acuerdo con lo establecido por el máximo tribunal constitucional, el papel de la primera dama es el de un particular en ejercicio de funciones públicas, y ello no le faculta para contratar o manejar personal, su función, en resumen, es de apoyo en protocolo o en materia de asistencia social. Lo que no es otra cosa sino la reafirmación del machismo en la institucionalidad colombiana: una mujer que solo asienta con la cabeza lo que dicta su esposo, se dedica a labores de cuidado no remunerado (asistencia social sin salario) y acompaña a actividades de protocolo, cenas y ese tipo de cosas que se enseñan en el “empoderante” Manuel de Carreño. Por tanto, la figura de la primera dama debe eliminarse, y si Verónica Alcocer sigue así, será su primera victoria.
Sin embargo, si Verónica Alcocer está buscando ser el ejemplo de las mujeres- esposas del país, pues que siga incomodando, ocupando el espacio público, generando debate y hablando duro. La historia de las mujeres le estará muy agradecida. (Ojalá, sin escándalos de corrupción)




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