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PARECER TURISTA EN LA TIERRA PROPIA

  • Foto del escritor: Camila Peña
    Camila Peña
  • 8 feb 2025
  • 3 min de lectura

Actualizado: 9 feb 2025

Cañón del Chicamocha
Cañón del Chicamocha

Después de dos años fuera de Colombia, y con todo el anhelo de regresar a mi país, tuve la oportunidad de volver a la tierra que me vio nacer y crecer y en donde habitan todos los seres que amo.


Luego de estos 15 días de emociones intensas, regresar a Francia me produjo un vacío en el corazón que quiso llenarse de nostalgia y ganas de estar en Colombia. Coincidió con el momento en el que Donald Trump decidió enviar aviones con personas en situación de migración irregular, y con el recrudecimiento del conflicto en el Catatumbo. Y muchas personas dirán ¿qué sentido tendría volver a un lugar que parece no tener escapatoria a la condena de repetir una historia de violencia e injusticia? Aquí algunas reflexiones que están lejos de ser una respuesta.


Colombia es un paraíso lleno de paisajes maravillosos y de gente trabajadora y sonriente, pero que desde los tiempos de la colonia no ha dejado de ser gobernado bajo la lógica de la encomienda, tal vez por eso el desprecio por lo público. Hay unas personas que dicen que “administran” lo que se produce en esta tierra, pero que rinden cuentas y ejercen esa administración a nombre de poderes ajenos y antagónicos al bienestar de sus habitantes. Los cacicazgos políticos de las regiones son una viva representación de esta forma de ejercicio de poder, que hoy se legitima en la democracia electoral, en donde poco o nada interesa vivir en armonía con los demás, porque, al fin y al cabo, estos caciques políticos, llevan inscrita en su sangre la añoranza de volver al lugar de privilegio de donde imaginariamente provienen, y en su delirio eso no corresponde a esta tierra.


El desprecio y la violencia son una respuesta y manifestación de este orden que es, más bien, un desorden social, y que se ve y respira en las calles. La violencia no solo se expresa en sus formas más crudas y extremas como la que se vive en el Catatumbo o en el Cauca, sino también en el transporte público, en el comportamiento de los conductores, la ejercida contra los animales, la de la ley del vivo vive del bobo.


Esta violencia a su vez se alimenta del miedo, y en un ciclo que parece no tener fin, de ese mismo miedo se sirven los dueños del poder para mantenerse en él. Hay miedo al otro, al diferente, a la muerte, al hambre, al despojo, entonces, como una respuesta casi instintiva, se ejerce violencia contra el que parezca una amenaza. Igualmente, quienes detentan el poder para beneficio propio tienen miedo a perderlo, por eso hacen fraude electoral, compran votos y sostienen maquinarias, asesinan al que piensa diferente, matan el pensamiento, roban los recursos públicos y desfinancian la educación y la salud, promueven guerras y crean Escombreras.  De ello participan también las instituciones que no responden, que no actúan, que permanecen indiferentes y que perpetúan la precariedad, la desigualdad y la corrupción.


Pero de ello no escapa la violencia entre vecinos, en el espacio público, violencia de los medios de comunicación que de nuevo generan miedo y desinforman. Por tanto, resulta casi obvio concluir que si estamos en estado de constante amenaza en todos los niveles, y con necesidad recurrente de defendernos, el espíritu creativo se apaga, no hay lugar a la imaginación ni a la posibilidad de pensar en formas diferentes de relacionarnos, y nada cambia, y cuando algo quiere cambiar, vuelven el miedo y la violencia como respuesta.


A pesar de todo esto, hay una llama que permanece encendida, en Colombia se consigue estar de fiesta, celebrar carnavales todo el año, vestirse de colores, hacer jugos de todos los sabores, creer y encomendarse a Dios. El sol, el verde de los árboles y las montañas en medio de las ciudades, el canto de las aves, el sabor y olor del café, la biodiversidad y multiculturalidad, la berraquera y talento de las personas, son el motor de muchos y muchas para quedarse a defender el derecho a una vida digna, en donde la ley no sea “sálvese quien pueda” sino salvémonos entre todos y todas. Como diría Bourdieu, "Las estructuras sociales y las relaciones de poder no son fijas ni inmutables, sino que pueden ser desafiadas y transformadas a través de la acción colectiva."


El amor perfecto echa fuera todo temor

 
 
 

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